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Innovar sin personas es como tener un jardín sin flores.

Innovar sin personas es como tener un jardín sin flores.

Innovar sin personas es como tener un jardín sin flores.

Suelo decir que innovar sin poner a las personas en el centro es un despropósito. Es más, me parece sencillamente imposible. Para entenderlo, vamos a dejar la teoría y vamos a bajar un momento a la tierra. Imagina que quieres tener el jardín más espectacular del barrio. Te compras las mejores herramientas: podadoras automáticas, sistemas de riego por satélite y sensores de humedad con IA, nada más y nada menos. Te gastas un dineral en «tecnología de jardín». Y, de repente, se te olvida regar. O peor todavía, se te olvida que las plantas son seres vivos que reaccionan al sol, al viento y a tus cuidados. En ese momento tendrás un garaje lleno de chatarra cara y un jardín sin flores.

En las empresas pasa exactamente lo mismo. A menudo, cuando hablamos de innovación, nos referimos solo a las «cosas»: maquinaria, software o aplicativos. Pero la innovación tecnológica necesita, obligatoriamente, de una innovación en personas vaya pareja. No me refiero solo a darles un manual de instrucciones o un curso rápido. Me refiero a un enfoque de 360 grados donde se trabajen los temas ligados a la tarea (lo obvio), pero también lo relacional, lo creativo y aquello que normalmente no se ve en los entornos de trabajo.

Podemos pensar que los impactos de la tecnología en los resultados suelen ser positivos, aunque no siempre se puede decir lo mismo de los procesos si no incorporamos la variable humana en la ecuación. Cuánta energía gastada, cuánta frustración acumulada y cuántas disfunciones generamos por no mirar la innovación desde una perspectiva sistémica. Al final, somos las personas quienes tenemos que poner en marcha esos cambios y somos, también, las principales beneficiadas o damnificadas por ellos.

Me gusta pensar en esto como una especie de «jardinosofía» aplicada a la organización. Como bien dice Santiago Beruete, igual que cultivar la tierra exige dar forma al medio para obtener frutos, la cultura transforma la realidad para dotarla de sentido. Utilicemos la cultura para que la innovación tenga un sentido real. No se trata solo de meter máquinas; se trata de cultivar el terreno para que esas herramientas sirvan para algo y de entender que el capital humano es el motor imprescindible en cualquier proceso de transformación.

Si vas a innovar este año, no te preguntes solo qué tecnología necesitas comprar. Pregúntate qué «agua» necesita tu equipo para florecer junto a esa tecnología. Necesitan formación, acompañamiento, escucha activa o simplemente tiempo para adaptarse de manera orgánica? Ten en cuenta que sin ese cuidado, solo estarás acumulando herramientas caras en un jardín que se está secando.

¿Cómo estás regando tú la innovación en tu equipo? ¿Te has encontrado alguna vez con «herramientas de lujo» en un entorno que no sabía cómo usarlas? Me encantaría que me contaras tu experiencia.

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