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El retorno de lo intangible. Las empresas sin una cultura sana tienen un futuro complicado.

El retorno de lo intangible. Las empresas sin una cultura sana tienen un futuro complicado.

Voy a hablar de dinero, ya que parece que sigue siendo el único elemento que (re)suena en algunos equipos directivos y consejos de administración. Cuando en los procesos de acompañamiento que desarrollamos hablamos de humanismo corporativo, de poner a las personas en el centro, de cuidar las relaciones o de transformar la cultura organizacional desde la base, con mucha frecuencia hay quien(es) nos lanzan la pregunta de cómo se monetiza esto o cuál es el retorno de ese «gasto», que a mi me gusta más llamar inversión.

Esas pregunta esconden varias trampas enorme. Asume que el bienestar humano, la confianza o la seguridad psicológica son un «gasto» en el que podemos no incurrir. Una especie de lujo que solo podemos permitirnos si sobra presupuesto a final de año. Parte de un supuesto de que las personas deben venir bien desde sus casas, que el trabajo no es para es para estar bien. Esto es tener una miopía enorme que trata a las organizaciones como máquinas de hacer churros y no como los sistemas vivos y complejos que realmente son.

A lo largo del tiempo, y aún hoy, confundimos la cultura de empresa con el clima laboral en su versión más superficial. Pensamos que la cultura es poner un futbolín o una piscina de bolas en la oficina o contratar a alguien para dar una charla magistral en un momento determinado. Y nos equivocamos de lleno. La cultura no es lo que haces cuando dejas de trabajar o cuando estás de fiesta; la cultura es cómo trabajas el resto de los días. Es el tejido invisible que sostiene todo el edificio. Son, por ejemplo, las conversaciones de pasillo, cómo se gestiona el error, cómo se celebra lo bueno (si es que se celebra) y, sobre todo, cómo se trata al eslabón más débil del equipo. Claro que todo esto es bastante imperceptible en el día a día.

Si los defensores de la hoja de cálculo quieren hablar de números, hablemos del coste real de ignorar lo intangible. Me surgen muchas preguntas al respecto. Aquí hay algunas de ellas: ¿Cuánto cuesta económicamente la rotación constante de talento porque tu empresa es una trituradora de personas? ¿Qué impacto tiene en la cuenta de resultados el «presentismo» de un equipo que solo está en su puesto de trabajo esperando a que llegue la hora de salida? ¿Cuánto dinero futuro se pierde por no innovar, simplemente porque la gente tiene tanto miedo a ser castigada por equivocarse que prefiere esconderse en la mediocridad? Me viene a la cabeza una conversación con un Director General de una empresa que me decía que dudaba entre ofrecer formación o no a sus personas, con la creencia de que si invertía en formación después las personas se le terminarían marchando. La pregunta ahí fue ¿y qué coste tiene para tí no invertir en la formación y el desarrollo de tus personas?

Las organizaciones que siguen viendo a las personas como meros «recursos humanos» tienen los días contados en un mercado donde el talento ya no solo busca un salario, sino un lugar donde desarrollarse y «vivir el trabajo» con plenitud.

El retorno de una cultura sana y humanista es aplastante y tiene un enorme impacto en la productividad de las organizaciones, más incluso que aquellas que sólo están fijándose en la tarea y el resultado. Trae consigo retención de talento, agilidad ante la incertidumbre, resiliencia como equipo y compromiso de verdad. Por tanto, me atrevo s afirmar que lo intangible es, a medio-largo plazo, el activo más tangible y rentable que tienes.

Así que, la próxima vez que alguien te pregunte por el retorno exacto de cuidar a tu gente, de escucharles de verdad o de construir confianza, devuélvele la pregunta mirándole a los ojos ¿Y cuál es el coste de no hacerlo?.

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