Hace un tiempo escribí un artículo en esta newsletter en el que hablaba que había que dejar de estudiar y ponerse a aprender. Que el aprendizaje es un proceso que dura toda la vida y no un papel que se guarda en un cajón. Sigo pensando lo mismo. Aunque en este tiempo, me he dado cuenta de que me faltaba una parte de la historia. Porque aprender cosas nuevas, en el fondo, es la parte fácil. La difícil, la que de verdad nos cuesta, es la contraria, es decir, desaprender.

¿Eres consciente de cuántas cosas haces hoy simplemente porque siempre las has hecho así? En tu trabajo, en tu casa, en tu vida social, cuando algo no sale como tenías previsto. Arrastramos formas de mirar, de decidir y de relacionarnos que en su momento nos funcionaron y que hoy no nos ayudan porque el contexto ha cambiado o porque hemos cambiado y evolucionado nosotros. La cuestión es que estas cosas que venimos haciendo desde hace muchos años, casi de manera inconsciente, no las vemos. Están tan pegadas a nosotros que las confundimos con nuestra forma de ser.
Desaprender no es olvidar. Es algo más incómodo. Es reconocer que aquello que nos dió resultados durante años puede haber dejado de ser útil. Tomar conciencia de esto y reconocerlo puede ser molesto, porque nos toca el ego. Nadie se levanta un martes con ganas de admitir que su manera de liderar, de vender o de organizar el trabajo se ha quedado antigua. Es más cómodo repetir. Repetir da seguridad y genera tranquilidad. Cambiar, sin embargo, genera incertidumbre y da miedo.
En las organizaciones esto se ve con mucha claridad. Metemos tecnología nueva, procesos nuevos, discursos nuevos. Y, además, seguimos pidiendo a las personas que piensen y hagan igual que hace muchos años. Ponemos herramientas del siglo XXI en cabezas que operan con lógicas del siglo pasado y luego nos sorprende que las cosas no acaben de arrancar. La resistencia al cambio casi nunca es pereza. Casi siempre es miedo a soltar lo conocido sin tener todavía nada firme a lo que agarrarse.
Desaprender no se hace solo con buena voluntad ni leyendo y siguiendo a rajatabla lo que dicen algunos manuales de autoayuda. El conocimiento no cambia nuestro comportamiento. Pongo siempre el mismo ejemplo; saber que fumar es perjudicial para la salud no nos hace dejar de fumar. Para desaprender de verdad hace falta que se active otra cosa: una toma de conciencia, un momento en el que algo obvio desde fuera, aunque invisible desde dentro, por fin se ve, se entiende. Ese instante casi mágico en el que dices «pero bueno…, si llevo años haciendo esto sin darme cuenta». Y es a partir de ese momento cuando el cambio se hace posible.
Ese despertar no suele darse en soledad. Ocurre en conversación. Alguien que nos devuelve una mirada distinta, que nos hace una pregunta que no nos habíamos hecho, que nos sostiene mientras dudamos. Por eso creo que las organizaciones que mejor aprenden no son las que más invierten en formar a sus personas, sino las que crean espacios seguros donde equivocarse se entiende como un error fatídico sino como una oportunidad de aprendizaje.
Una organización que aprende no es la que acumula más cursos. Es la que se pregunta sin miedo, al menos, estas tres cosas: qué seguimos haciendo por inercia, qué nos duele soltar aunque ya no sirva, y qué necesitamos aprender de verdad para lo que viene. Tres preguntas sencillas de enunciar, aunque difíciles de sostener.
El aprendizaje a lo largo de la vida es una competencia de nuestro tiempo. Sin embargo, aprender a desaprender es la que separa a quien se adapta de quien se queda mirando cómo el mundo se mueve sin ser parte de ese movimiento. Es pura supervivencia, evolución personal y colectiva.
¿Y tú? ¿Qué es eso que sigues haciendo «porque siempre lo he hecho así» que intuyes que ya no te sirve? Me encantaría poder saberlo porque seguramente sean pequeñas cosas que puedes empezar a cambiar si verdaderamente tomas conciencia de ellas. No desde la razón, sino desde las tripas. A veces, ponerle palabras es justo el empujón que faltaba para empezar a soltarlo.
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