
Cuando un pueblo o una ciudad quieren cambiar algo, casi siempre se mira a los mismos sitios. Al dinero, a las infraestructuras, a la gran planificación, a las subvenciones y la financiación. Todas ellas son cosas importantes. Y sin embargo, en pocos casos miran a lo que, en esencia, sostiene todo lo demás. Su cultura. Y cuando lo hacen, suelen hacerlo, desde mi punto de vista un uso equivocado, poniéndola como adorno.
Creo que eso es un error de base. Porque la cultura no es un mero decorado de lo que entendemos por desarrollo. Es su cimiento. Es la forma que tiene una comunidad de mirarse, de contarse quién es, de decidir qué le importa y qué no. Es lo que hace que un montón de personas que viven en el mismo sitio se sientan, además, parte de algo común. Y sin ese «algo común», no hay identidad, ni proyecto de futuro que aguante mucho tiempo.
Lo vemos con mucha frecuencia en muchos lugares en los que trabajamos, paseamos, hacemos turismo o vivimos. Planesque fracasan porque a nadie se le ocurre preguntar a las personas qué quieren de verdad para su vida. La cultura, cuando falta, no deja un hueco visible, deja una comunidad que no se reconoce a sí misma.
Hay un dato que me parece bastante revelador. La cultura no tiene un objetivo propio dentro de la Agenda 2030, entre los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (aunque en Euskadi se ha reconocido el Objetivo 18 que promueve la diversidad cultural y lingüística). Está repartida, diluida, como de refilón. Y sin embargo he oído infinidad de veces en muchos foros que es algo transversal que atraviesa a casi todos los otros. Algo que llevamos reivindicando desde la cultura desde hace muchos años. La cultura no está ni en la agenda política, ni en la social. Y no hay educación, salud, igualdad ni sostenibilidad que se sostenga sin una base cultural que le dote de sentido. No es un capricho simbólico. Es reconocer que la cultura no va aparte del desarrollo sino la condición para que el desarrollo tenga sentido. O no es cierto que se habla de cultura para el desarrollo cuando hablamos de países en vías de desarrollo. ¿Qué pasa que en países «desarrollados» la cultura ya sobra?
Poner la cultura en el centro no significa llenar la agenda de eventos, ni de programación cultural. Es otra cosa. Es hacernos preguntas sobre qué posibilidades se abren cuando afrontamos los retos de un pueblo desde una mirada cultural. ¿Por qué seguimos usando las mismas herramientas de siempre para construir comunidad cuando llevamos años viendo que no terminan de funcionar?
Como escribió Santiago Beruete en Jardinosofía, «como la elaboración de la tierra exige dar forma al medio físico para obtener unos frutos, la cultura transforma la realidad para dotarla de sentido». Me gusta esa metáfora del jardín. Un territorio no se cambia sólo con planes y con prisas. Se cultiva. Con paciencia, con cuidado, sabiendo que lo que siembras hoy quizá lo recoja quien venga detrás.
Y cultivar exige que gente muy distinta reme junta. Administración y ciudadanía. Lo público y lo privado. El técnico municipal y la asociación del barrio. Aquí aparece una palabra algo fría pero muy útil: interoperabilidad, esa capacidad de que sistemas diferentes trabajen juntos sin fricciones. Solemos usarla para hablar de tecnología, pero su versión más importante es la humana. Que personas, instituciones y proyectos con lógicas distintas sean capaces de entenderse y sumar, en lugar de estorbarse. Sin esa interoperabilidad humana, cada quien tira por sus intereses y la energía se pierde por el camino.
La buena noticia es que la cultura es una palanca al alcance de cualquier comunidad y de cualquier territorio. No hace falta ser una gran ciudad ni tener un presupuesto enorme. Hace falta decisión y una mirada distinta. Hay quien lo llama valentía. Entender que lo que nos une, las historias, los símbolos, las maneras de hacer, el sentimiento de pertenencia, es lo más sólido del desarrollo.
#culturaydesarrollo #políticasculturales #gestióncultural #desarrollolocal #ods #euskadi #participaciónciudadana #gobernanza #comunidad


